Nadie que se encuentre metido en el mundillo del heavy metal puede quedar indiferente ante el lanzamiento de un nuevo álbum de estudio de IRON MAIDEN. Una espera de cuatro largos años que tenía a millones alrededor del mundo con diferentes grados de expectativas, partiendo por las siempre comentadas carátulas de los discos de la banda. Esta vez, se repetiría la labor de Melvyn Grant (que ya había hecho las de Fear Of The Dark, Virtual XI, Death On The Road y The Reincarnation Of Benjamin Breeg), cuyo actual trabajo retrata a Eddie como un alienígena sosteniendo un extraña llave. Su obra ha causado cierta controversia, llegando cierta esfera de fanáticos a declarar que esa no es la reconocida mascota de la banda. Cosa de gustos. Para mí, no se encuentra dentro de lo más brillante y creo que debo sumarme a los que les parece hasta poco familiar.
Pues bien, hace más de dos meses presentaron The Final Frontier, su álbum de estudio número 15, el cuarto desde que la banda se convirtió en sexteto, con el regreso de Adrian Smith y Bruce Dickinson, hace poco más de diez años. Personalmente, considero que este álbum es imposible analizarlo y comprenderlo sin mirar hacia atrás, específicamente, desde el hoy muy lejano Fear Of The Dark (1992), álbum desde el cuál, siento yo, IRON MAIDEN comenzó a recorrer un extenso camino que lo ha llevado hasta donde se encuentra hoy. Sí, porque es desde ese álbum que el grupo dio los indicios más claros de las estructuras de canciones que hoy predominan en esta nueva entrega, compuesta por 10 temas y casi 77 minutos de duración (el disco más largo de su carrera). Es el mismo Kevin Shirley (productor de los discos de la banda desde 2000) quien afirma en Flight 666 que “(...) a MAIDEN no le interesa ser relevante y esa es una de las cosas que los hace relevantes. Nos gustan las canciones de ocho minutos. Comienzos y finales lentos. Con ritmo rápido en el medio. Tenemos diez canciones así. Nos importa un comino”. Por lo mismo, de buenas a primeras, personalmente, no me era sorprendente la extensión de las canciones. Lo mejor será revisar cada una de las piezas que dan forma a esta nueva entrega.
Todo comienza con “Satellite 15... The Final Frontier” (Smith/Harris), cuya introducción no encuentra parangón en la extensa discografía de la banda (quizás, hasta podríamos recordar algunos de esos pasajes experimentales del Tyranny Of Souls (2005)de BRUCE DICKINSON). Otorga una extraña sensación de “desolación espacial”, que logra introducirnos inmediatamente en el espíritu de la canción, con las reflexiones de un astronauta perdido en el espacio frente a su inminente desaparición, diciendo que no se arrepiente de lo hecho en su vida y sólo desea despedirse por última vez de su familia. Musicalmente, es la ya clásica canción “rockera” de MAIDEN, bastante melódica y sencilla, con un solo de Dave Murray y dos de Adrian Smith que recrean el sonido que la banda desarrolla desde Brave New World (2000). Buen track, cuyo final se une al siguiente tema “El Dorado” (Smith/Harris/Dickinson), siendo Steve Harris el que nos da la bienvenida –con algún guiño a “The Longest Day” del A Matter Of Life And Death (2006)- a una canción cuya intensidad no otorga respiro alguno; sin embargo, es quizás su carencia de destellos la que podría llevarla al rápido olvido de muchos, excepto por la sección de solos que Smith, Murray y Janick Gers se despachan de excelente forma. También es Bruce Dickinson quien destaca por su labor al relatarnos (como sólo él sabe hacerlo) una historia que me hace pensar en las cosas insólitas que los hombres somos capaces de hacer motivados por nuestros más primarios deseos e instintos. ¿Locuras? ¿Inmoralidades? ¿Estupideces? ¿Estaremos dispuesto a todo por tener un poco más que el de al lado? Creo que esta pieza destaca gracias a su unión con las dos anteriores partes. Pienso que es un gran comienzo para el álbum. Muy distinto a lo que estábamos acostumbrados, ya que han pasado 15 minutos y 30 segundos –sin pausas- desde que presionamos “play” en el reproductor. Quizás, sólo The X Factor (1995) logró, en buenos términos, confundirnos y sacarnos del molde, cuando con un lento y crepuscular inicio, incluyendo hasta canto gregoriano, “Sign Of The Cross” nos daba la definitiva bienvenida al MAIDEN de hoy.
Con “Mother Of Mercy” (Smith/Harris), se pone de manifiesto el vínculo entre el presente disco y su antecesor. Bruce comienza a mostrar su faceta más inspirada, haciendo de esta canción uno de los puntos más brillantes del álbum. Muy en la temática predominante en A Matter Of Life And Death, las letras relatan las reflexiones y sensaciones de un soldado luego de ser testigo y partícipe de las atrocidades de la guerra (¿recuerdan “Afraid To Shoot Strangers”, “Fortunes Of War”, “Look For The Truth” y “The Aftermath”, por nombrar sólo algunas?) y el conflicto entre esa realidad y todo lo que conlleva la divinidad, pidiendo ser perdonado por las cosas que se han hecho (muerte, crueldad). Se trata de un tema sobresaliente, muy emotivo, correctamente llevado por Steve Harris y Nicko McBrain, en una progresión que desemboca en la inconfundible irrupción de Adrian Smith (con esa clase de solos meticulosos y elegantes a los que nos tiene tan bien acostumbrados), luego de la cual se continua intensamente hasta el final de la pista. Es probable que musicalmente encuentre ciertos antecedentes en canciones como “The Thin Line Between Love And Hate”. Excelente.
Avanzamos y nos encontramos con “Coming Home” (Smith/Harris/Dickinson), canción que tiene ese sello tan característico de las últimas composiciones de Bruce, cuya letra te hace pensar en las impresiones de un piloto de avión, con una muy alegórica descripción de un vuelo y del regreso a casa. En cuanto a su música, puede ser reconocible su conexión con “Out Of The Shadows”, señalándola incluso como una balada, de esas desgarradoras. Tema muy bien construido. Una vez más cabe destacar la labor de Adrian y Dave en las partes solistas. Todo sigue al tope.
Para quienes extrañábamos los temas acelerados, las tres guitarras en armonía dan inicio a la furiosa “The Alchemist” (Gers/Harris/Dickinson), descendiente directa de “Man On The Edge”, que engrosó la potencia del sonido clásico de los himnos más rabiosos de los años 80’s, y que continuó con “Futureal” y “The Wicker Man”, por nombrar sólo un par. El solo de Janick Gers (como siempre, alocado y desprolijo) es fiel muestra del sonido que ha desarrollado desde Brave New World, encajando de perfecta forma en el único track de este tipo que se incluye en el álbum. Respecto a la letra, narra ciertos pasajes de la vida de John Dee, un matemático y ocultista británico del siglo XVI. ¿Algo más que apuntar? Creo que lo único “deficiente” es que se llama igual que el último track del The Chemical Wedding (1998) de BRUCE DICKINSON. Gran corte.
No pude evitar recordar ciertos pasajes de la canción “Seventh Son Of A Seventh Son” cuando comenzó “Isle Of Avalon” (Smith/Harris). Su letra se inspiraría en la mitología celta y el lugar mágico donde los moran los inmortales, ubicado en algún lugar de las islas británicas. Es en este punto en que lo progresivo (término tan usado para definir la música que IRON MAIDEN ha venido componiendo) es desarrollado con extensa claridad, esa misma que desde el Dance Of Death (2003) la banda ha expuesto en composiciones como “No More Lies”, “Dance Of Death” y “Paschendale”, en las que –de cierta forma- depuraron el estilo que habían alcanzado hasta Brave New World, y que continuaron desarrollando y mejorando en A Matter Of Life And Death (“Brighter Than A Thousand Suns”, “For The Greater Good Of God”, “The Legacy”). No es una canción de inmediata asimilación. Va y viene, tiene varios y distintos momentos, una infinidad de detalles, luces y sombras. A esta altura, la pista más compleja del disco.
“Starblind” (Smith/Harris/Dickinson), debe estar entre lo más destacado del presente álbum. Está tan lleno de pequeñas sutilezas que se hace difícil apreciarlo en su totalidad si no se le presta especial atención. Dada su estructura, se hace muy difícil no señalarla como la perfecta continuación de lo que a grandes rasgos fue A Matter Of Life And Death y que en este disco el tema que lo antecede dio el puntapié inicial. Con un comienzo delicado, el tema va en constante aumento, llevándonos por sonoridades que nos invitan a deambular por terrenos un tanto desoladores y algo apocalípticos, con aires de desesperada melancolía, expresada poderosamente por el inspirado trío de guitarras y por la interpretación vocal. Absolutamente brillante. Punto altísimo.
Todo sigue al tope con “The Talisman” (Gers/Harris), líricamente heredera de “Rime Of The Ancient Mariner”. Me recordó inmediatamente a ésta y a la temática de “Ghost Of The Navigator”. Aunque su sonido tiene claros antecedentes en “The Legacy”. Un inicio muy calmo, con ese estilo narrativo que Bruce ha venido perfeccionando (muy en el estilo de la canción “Dance Of Death”), que desemboca en el feroz galope tan típico de MAIDEN, hasta llegar el quiebre principal y devolvernos a las sonoridades tan conocidas desde 2000, ligando con ciertas partes de “The Nomad”. El coro obliga a Dickinson a llegar a la mismísima cúspide de sus actuales capacidades y de paso nos regala uno de los momentos inolvidables de la canción y de todo lo que va del álbum. Probablemente, la mejor del larga duración.
Otra delicada introducción, que pareciera rezagada de las sesiones del Virtual XI (1998), tal como quedara registrado en “The Clansman” o “The Educated Fool”, “The Man Who Would Be King” (Murray/Harris), se empina como una canción de característica complejidad, que logra golpear con el clásico manejo rítmico de Harris y McBrain, y un reconocible trabajo de las tres guitarras, en que destaca la siempre hermosa interpretación de Dave Murray, con su estilo de tocar siempre tan limpio, tan melódico, tan fluido. Muy bien.
El álbum comienza su fin con “When The Wild Wind Blows” (Harris). De casi once minutos de duración, es la mejor muestra de la concepción que tiene Steve Harris de lo que debe hacer su banda, de lo que es su esencia, de lo que le parece correcto. En definitiva, del camino que natural e intrínsicamente IRON MAIDEN debía tomar. Su letra nos ubica en la reinante sensación de apocalíptica que los medios de comunicación se han encargado de propagar. Todo se desarrolla en un estilo de relato muy reconocible (que ya es toda una tradición para cerrar los discos de MAIDEN), de una historia conmovedora de compromiso entre dos personas. Una vez más, en el aspecto musical, se inicia con una muy suave introducción que da paso a una obra compleja, con ciertas y claras sonoridades celtas, compuesta por diferentes partes que me hacen valorar de distinta forma lo que la banda hizo en Virtual XI, ya que hay innegables referencias de éste. Destacable es la irrupción de cada uno de los tres guitarristas en los solos (dos de ellos, cortesía de Janick Gers). Al igual que “Isle Of Avalon”, se trata de una composición que requerirá de una mayor atención para ser valorada con justicia. Es un tema extenso que finaliza lentamente uno de los discos de IRON MAIDEN que requiere más tiempo para ser “digerido”.
Dijimos al principio de esta revisión que ya ha pasado algo de tiempo desde que se lanzó este álbum. Tal como hemos hecho notar a lo largo del escrito, se trata de un trabajo que presenta algunos elementos nuevos a lo que la banda ha presentado a lo largo de su carrera., especialmente desde 1992, que explotó cuando Blaze Bayley estuvo en el grupo, y que ha ido perfeccionando desde que Bruce y Adrian volvieron a unirse. Dado esto, creo que sería acertado afirmar que se trata de un trabajo casi exclusivo para los que conocen bien el trabajo de la banda, los que podrían verse motivados a revisar nuevamente parte de la discografía menos aclamada de IRON MAIDEN (sería una excelente instancia para quienes no le han otorgado mayor valor a Fear Of The Dark, The X Factor y/o Virtual XI), dado que encontrarán en ella el origen de los elementos que el grupo ha plasmado en esta entrega.
Ha quedado de manifiesto que este The Final Frontier requiere de varias sesiones de escucha para ser asimilado de buena forma, ojalá con un par de buenos audífonos, ya que contiene pequeñas sutilezas que enriquecen su resultado. Para mí, es un excelente álbum, pero –insisto- recomendado sólo a fanáticos.
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