Si hay una banda influyente en la historia del heavy metal es, sin lugar a dudas JUDAS PRIEST. Cultores de un sonido que se ha traspasado a través del tiempo, en bandas como Sinner, Nocturnal Rites, Primal Fear entre otras muchas han rescatado el clásico sonido del más crudo heavy metal y lo han llevado a sus propuestas. Además Judas Priest es una banda que genera mucho cariño, mucho de ello por la persona que oficia de frontman. Rob Halford es junto a Bruce Dickinson y el gran Ronnie James Dio (QEPD) no sólo uno de los mejores cantantes de la escena y de la historia, sino que uno de los más queridos.
Y si a eso le sumamos que, al parecer, ésta será la última vez que los veremos en Chile (digo al parecer, casi como una esperanza) y que de plato de entrada estaban los legendarios Whitesnake, con Mr. Coverdale a la cabeza, teníamos como resultado un show que prometía. A la hora en que hicimos ingreso al recinto, ya Inquisición hacía de las suyas ante cerca de cinco mil personas. Un número un tanto bajo y que nos traía a la memoria la anterior visita de los Metal Gods que no lograron superar, en el mismo recinto las seis mil. De eso nada, en la siguiente hora el Movistar Arena (con propaganda de Entel) se llenó. Poco más de diez mil dijeron presente en un show que se avizoraba legen… (wait for it) dario y que sobretodo por la banda principal, se acercó a ese calificativo.
Ya que nombrábamos a Inquisición, qué buen show se mandaron los santiaguinos y qué buena elección hizo la gente. Los liderados por Manolo y Paulo eran el número perfecto para la apertura de este magno evento. Y cumplieron, parándose en un escenario re complejo brindando un show completísimo, profesional, de bueno sonido (incluso mejor que el de Whitesnake). Las productoras por fin están saldando la deuda que tuvieron por años con Inquisición al no invitarlos a este tipo de eventos. Los tipos están hechos para estas ocasiones, lo demostraron en Blind Guardian y ahora lo refrendaron. Paseándose por todas sus etapas, con temas como “Electrokinesis” o la gran (y reconocida)” Innocent Sinner” , Inquisición entregó un show soberbio que deleitó a la gente que ya había llegado, dejando bien puesta la bandera nacional. Una gran apertura.
Luego de un momento no muy largo, aunque con un poco de retraso según lo estipulado originalmente, las luces se apagan y comienza a sonar My Generation clásico de The Who, un himno para el inicio de inicio de WHITESNAKE. Ya en ese entonces el recinto se veía bastante más repleto, “Best years” fue el tema inicial con el que la multitud comenzó a vibrar, Coverdale enseguida rompió mas de algún corazón con sus movimientos pélvicos y sus alusiones constantes a Patricio Yáñez sobre el escenario.
Con “Give Me All Your Love”, explotó rápidamente el público que coreó este himno de Whitesnake. En esos momentos el Movistar ya repletaba las gradas y en cancha no cabía un alfiler honestamente sentí que el sonido muchas veces no estaba regulado, no estaba muy clara la voz y si le sumamos que los temas estaban cantados un tono más bajo, provocaba confusión, pero esto fue lentamente solucionado. “Love Ain't No Stranger” terminó por derribar a las pocas fanáticas que aún estaban en pie y cuando ya se estaban recuperando vino el HIT de HIT de la banda: Is This Love termino sepultando a la fanaticada que coreaba a viva voz cada acorde de esta maravillosa canción. No les miento que vi no sólo muchas, sino que muchos llorando a moco tendido. Pero los liderados por Coverdale venían estrenando disco: “ Steal Your Heart Away” y “ Forevermore” de su último disco “Forevermore” no bajaron el nivel de la gente que cantó y coreó estas dos canciones acompañados de juegos entre la banda y el público. Luego el duelo de los virtuosos Aldrich y Beach dieron un respiro a todo el publico que se deleito con las notas y la batalla campal entre estos dos guitarristas, “Love Will Set You Free” pasó a prender los motores ara dar paso rápidamente al solo de Tichy, quien nos demostró como tocar la batería sin baquetas maravilloso, el espectáculo que no opaco los ánimos del publico y anunciaba “Here I Go Again” y “Still Of The Night” ambos éxitos que encendieron a un Movistar ya entregado.
Luego las luces se apagan dejando solo a Coverdale frente al respetable, cantando a capella la bella “Soldier of Fortune” de Deep Purple. Ya para poner punto final, un par de clásicos de los púrpuras “Burn” y Stormbringer (DEEP PURPLE), donde los movimientos pélvicos de Coverdale provocaron el SUICIDIO de mas de alguna fanática en el Movistar, terminando su jornada de forma correcta y claramente agradecidos de la garra del publico chileno.
Ciertamente WhiteSnake mostró que son un maravilloso grupo musical con éxitos viejos y nuevos temas nos mostró por qué siguen siendo los monstruos que son y seguirán siendo por mucho tiempo más, de todos modos por momentos Coverdale perdía los tonos pero bueno es Coverdale, y eso claramente no opacó en nada el show y muchas veces logro potenciar más el espectáculo. Sin duda un show de los pocos buenos que han pisado este país, ellos están en la historia en los corazones, en el alma de cada rockero que visito la tierra del señor Coverdale y compañía.
La gente ya estaba impaciente, Whitesnake había dejado a la gente muy prendida, a base de sus temas radiales, pero ya necesitaba lo otro, necesitaba el heavy metal, dejar la miel de la banda de la serpiente atrás y subirnos a la moto con una de las bandas más emblemáticas de la escena mundial. La espera se hizo algo larga y cerca de las 21:50 se apagan las luces y tal como lo están haciendo las bandas, antes de la intro, suena un clásico del rock. Whitesnake ocupó “My Generation” y Judas Priest lo hizo con “War Pigs” de los imperecederos Black Sabbath. Un telón con la palara “Epitaph” escrita en sangre (el efecto demoníaco se podía percibir más en las pantallas) nos adelantaba que los ingleses no se iban a guardar nada. Ya de fondo la majestuosidad con “Battle Hymn” para comenzar la descarga con “Rapid Fire” de su gran “British Steel”, la banda copando un escenario realmente monstruoso, lleno de cadenas, con un telón a la usanza (que fue cambiando en algunos temas) y una banda que sabía que estaba quemando sus últimos cartuchos en nuestro país. “Metal Gods”, esa declaración de principios, esa proclama que los define como lo que realmente son. Habrá algunos autodenominados “reyes del metal”, pero Metal Gods hay sólo uno.
El gran y entrañable Rob Halford nos da la bienvenida con el clásico “The Priest is Back”, para adentrarnos en “Heading Out to The Highway” del “Point of Entry” para enlazarla con la extraordinaria y machacante “Judas Rising” de su “Angel of Retribution”. ¿Qué nos daba a entender esto?, que Judas Priest se iba a pasear por toda su discografía. Salvo la era Owens, no hubo un solo disco que la banda obviara y eso se agradece.
Eso queda patentado en una “Starbreaker” coreada por los más fanáticos, pero que este 2011 suena con aún más potencia que hace 34 años. Y los recitales están hechos de grandes momentos, de temas entrañables. Un Richie Faulkner que hay que decirlo, tuvo las pelotas para en poquísimo tiempo intentar tapar el gran hoyo que dejó la partida de K.K. Downing y lo hizo de manera perfecta, adquiriendo una gran sincronía con el inmortal Tipton en ese precioso dueto que da inicio a “Victim of Changes”. Temazo. Acá hay que hacer una pausa para hacer presente el nivel de Rob Halford en la voz. Si lo definiera un comentarista argentino diría que es un C R A, así “Ce ere a”, CRA. Tiene una estampa, unos movimientos estudiados, camina y la gente lo sigue con la mirada, se para frente al público y todos contienen la respiración y sigue alcanzando esos agudos que crispan la piel, como en el final de “Victim of Changes”.
“Never Satisfied” de su disco debut siguió con el rock and roll a mil, para desembocar en otro de los grandes momentos de la noche. Cuando la banda amenazaba con el inicio de esa joya de Joan Baez, que Judas hizo suya, un amigo me decía en un tono algo contrariado “podrían no tocarla acústica y tocarla en su versión clásica”. Pues bien, a falta de una versión, las dos. Cuando parecía que “Diamonds and Rust” terminaba, la extendieron acelerándola a su versión original. Y la sorpresa en todos (incluido mi amigo, al cual hasta lágrimas le brotaron) fue mayúscula, todos saltando al son del que es un tema de Judas Priest más.
Con “Prophecy” nos adentramos a la última etapa de los ingleses. El tema de su bipolar “Nostradamus” sonó con potencia, con un Rob Halford personificado (cuánta pinta saca el tipo en cada concierto) y no desentonó y si a eso le sumamos una monstruosa “Night Crawler”, del que para mí es el disco más trascendente de gran parte del heavy metal de fin de siglo, el extraordinario (por favor pónganse de pie) “Painkiller” (pueden volver a sentarse) el resultado no puede ser menos que fenomenal. La verdad es que a esa altura ya el show era histórico. El nivel del sonido, las lenguas de fuego, el imponente juego de luces y láser que hacía que mucha gente se diera vuelta para verlas en el fondo de la cancha. Realmente un lujo
Y una banda a sus anchas, ya conocida, con un Glenn Tipton que es el escudero de Rob, es el dueño del fundo, el Steve Harris de Judas Priest, que mira casi paternalistamente a la gente, que balbucea los temas. Con un Ian Hill que desde siempre se ha mantenido en segundo plano, pero que es el obrero, el del peso, con su forma de tocar y de vivir cada tema tan característica. Mientras contemplábamos esa escena “Turbo Lover” nos retrotraía a la etapa más taquillera de Judas Priest. Un temazo, para cantarlo, para gozarlo. Y después del goce la introspección de la bella “Beyond the Realms of Death”, otro clásico de aquéllos con un Halford realmente imponente.
En lo siguiente tengo sentimientos algo encontrados. Mi canción favorita de todos los tiempos de los ingleses es “The Sentinel” y cuando empezó con el dueto de guitarras (a pesar del feo acople que hubo) dije “ésta es la mía” y como si las nubes se acercaran fue EL UNICO tema de todo el set que desentonó. Ese fraseo de Halford para cortar las frases y ahorrar energía y voz acá no funcionó y realmente uno acá quedó con un sabor un tanto amargo. Pero bueno, el show debía continuar. Con “Blood Red Skies”, del “Ram it Down” subió un poco la temperatura, a pesar de lo medido de Rob, pero se le disculpa, este tema es complejísimo. Y el otro cover cooptado por Judas Priest. Ese de Fleetwood Mac, ése que parece de Judas Priest, ése que hace corear a toda la gente. “The Green Manalishi (with the two pronged crown)” remeció el Arena Santiago.
Como dije antes, los shows están hechos de pequeños momentos, que se transforman en grandes instantes. Halford que nos habla de la unidad en el metal (algo que algunos termocéfalos picados a trve no entienden) indicándonos que ahora íbamos a cantar un clásico. No les miento al decir que en “Breaking the Law” Halford no cantó una nota. Ninguna, todo el peso se lo llevó un público que atesoró este tema, quizás el más emblemático dentro de un puñado de clásicos. Momentos como éste hacen que los conciertos entren en la categoría de históricos. Todos quedaron roncos después de cantar íntegra esta canción. Pero quedaba más.
Ya bordeando la hora y media cualquier banda se hubiese ido y cerrado el boliche, pero este tour de Judas Priest es especial y quedaban clásicos por cantar. Y qué clásicos quedaban. El monstruoso Scott Travis (qué peso le imprimió Travis a la banda desde su llegada) que comienza un pequeño solo para la introducción más característica de la discografía de los ingleses. La marciana –cualquier otro apelativo queda corto- “Painkiller” demolió el Movistar Arena. Qué puto tema, qué magnífico, que momento de inspiración gigantesco tuvo el quinteto inglés el año 1990 para dar vida a uno de los discos de cabecera de cualquiera al que pretenda gustarle el heavy metal. La verdad me quería ir para la casa después de la descarga. Pero Judas Priest no nos daba respiro alguno.
Pocos minutos pasaron para que la banda volviera al escenario con otro de ESOS clásicos. “Electric Eye”, precedida de “The Hellion” no hizo más que pisarnos en el suelo, ya no queríamos más guerra, cualquier cosa que viniera no iba más que acrecentar la leyenda en que se transformará el show del 20 de septiembre del 2011.
Qué sería Halford sin boina y moto. Qué sería del metal sin el cuero. Qué sería Judas Priest sin “Hell Bent For Leather”. Necesaria, rockera, con Halford entrando triunfalmente en la Harley Davidson (menos mal que el piso no le dio una mala pasada) y ya todo era disfrute. “You’ve Got Another Thing Coming” y “Living After Midnight” no hicieron más que desatar la fiesta y transformar nuevamente a 5 monstruos en diez mil voces. Un lujo que pocos se pueden dar.
Qué más se puede agregar a esta velada. Ya pasada la medianoche la gente salía sudorosa pero feliz. Qué pena que este sea el final de una carrera, pero si es así y no vuelven después de este “Epitaph Tour”, Judas Priest puede decir que ellos dejan la música y no la música a ellos. Han sido unos grandes y ahora ya son leyenda. La única verdad que podemos extraer de esto es que si dios existe, ayer pisó el Arena Santiago.
Hasta siempre Judas Priest, infinitas gracias por todo.
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